Gotas de dolor.

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Gotas de lluvia chocan por la ventana, suavizando el despertar de la mañana, una corriente suave sobre sus mejillas ruborizadas, la vista clavada al cielo por la ventana, era automático. Una leve ansiedad sobre su rostro tratando de contener la agitación de su respiro, su cabello despeinado, y sus dientes limitados a morder algo. Rodeo los brazos alrededor de su almohada, y por fin, cerrando los ojos, se dispuso a llorar. Una fina linea negra se curvaba en diferentes ramas sobre su mejilla, el maquillaje se había arruinado.

-Buenos días -una voz ronca y aspera de Enock, un viejo de casi cincuenta años, seguía como siempre, sentado en el mismo sillón con su celular en mano, la tele prendida sin nadie mirando, y su mirada fija sobre la mesa. – Ya es tarde, te falta preparar el desayuno.- lanzó una mirada fría.

-Si, tenemos hambre! – dijo Beck. Ruedo los ojos y sin decir nada voy hacia la cocina, esto parecía la misma rutina una y otra vez.-

Todos los días la misma rutina, hacer el desayuno, la comida y limpiar la casa. Observaba como el desprecio la rodeaba, quizá no era bienvenida desde hace mucho tiempo, ellos deseaban que sus sobrinos fueran como ellos, con la misma afinidad en gustos y que al final se les diga: “Al final me sirvió de tanto castigo y trabajo”. No estaba de acuerdo. El ego que se les subía era demasiado cruel. Decían simples oraciones que te hacían doler, lastimar, o llorar. No les bastaba con verte llorar, sino que querían verte caer. Querían hacerte sentir miserable, hasta el punto de que les digas “tienes razón”. Y no. No la tienen, tienen una estúpida mentalidad de retraso mental. Esa ansiedad, esa locura, esa inestabilidad, la está matando poco a poco por dentro, ya no se puede mantener en pie, y se desploma en el suelo con la esperanza de que la tierra la trague, de que cada parte de ella se deshiciera completamente, para dejar de existir, dejar de ser una carga, una molestia, una inútil o una incapacitada en cualquier cosa que haga. Las ganas de tirar todo por la borda, de llorar con ganas, romperse la piel, desfigurarse la cara y sacarse los ojos para no dejar que la vean llorar, arañarse la piel por ser tan imperfecta. Eso es. Ese ataque de ansiedad la reprime sin querer explotar, sus únicos motivos de vivir pensaba que era su hermano, pero estaba cegada de que quería forzarlo a que se comportara como uno cuando en realidad a él no le importaba nada de ella. Y se lo dejó muy en claro, él tenía ganas de vivir de la manera más placentera posible pensado que todo es su poder, pero no. Sólo era interesado. Un cínico. Un idiota.

El otro motivo por la cuál seguía viva, su amiga. Que a pesar de que no me respondía los mensajes continuamente, a excepción de cada dos o tres meses, sentía que también la estaba forzando una amistad que no existe, y esta allí porque nos conocemos desde hace mucho, no porque en realidad lo quiera, sin embargo trato de pensar que estoy equivocada, que es lo único que tengo y que me sostiene en pie, no sabe cuántas veces he llorado, cuántas veces he peleado para mantenerme firme y verla a escondidas. A escondidas porque no me dejaban salir, hasta en eso eran hipócritas. Ella no quiere ser como ellos, ella no debía seguir con ellos. Su propia madre la nego mil veces, su padre falleció cuándo tenía cinco años. Se quedó a cargo de sus tíos. Rodeada gente pero completamente sóla. Entonces, realmente… ¿Existo? O debería terminar una existencia que no sirve en esta vida?

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Abismo silencioso

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Era la primera vez que iba cayendo con fuerza, a un abismo dónde te devoraba silenciosamente, pero no lloraba, no, conservaba su expresión neutral, sabía que esto iba a pasar y lo vería como algo casual.

Las horas habían transcurrido y no llegaba a su fin, de alguna forma se sentía libre, sin nada que decir, “ojalá no despertara” – pensó. Las únicas fuerzas que aún la sostenían para seguir viva se iba desvaneciendo lentamente, “¿Que es lo que me retiene?” – susurró. La soledad de una joven sin tener motivos para seguir adelante comenzó a derrumbarse, no quería llorar, no quería volver, quería quedarse allí para siempre.